sábado, 7 de enero de 2017

Año impar: turbulencias

07/01/2017

El 2016 ha sido tan tranquilo. Se me ha pasado echando virutas. Conseguí irme a vivir sola, un trabajo estable, y después de un verano agotador y un episodio de urticaria por estrés (¡sí! existe, no es un mito), la editorial siguió adelante y ahora vamos con paso firme (bueno, más o menos), y la cosa parece que va para largo. 

Tengo un contrato indefinido, bitches. No me lo puedo ni creer, ¿eh? 

Un trabajo agradable, un ambiente agradable, una vida tan tranquila. 

Y en abril me voy a pasar unos días a París con mi novio. ¿Se puede ser más estándar? 

Soy feliz.


Voy a poner la lavadora. 


Bueno, pues a eso voy. Que va todo muy tranquilo. Va tan tranquilo que apenas he escrito este año. Creo que lo único que escribí fue el texto de Calderilla, y porque me sentía obligada (qué palabra tan fea, por favor) para llevar algo nuevo al aniversario del Poesía o Barbarie. 

Los años impares suelen ser tan fieros conmigo. No sé si este 2017 que acaba de llegar me tiene preparado un spinning around ta loco y desquiciante como me lo tuvo el 2015. Dios, espero que no. Últimamente tengo una pesadilla recurrente. Vuelvo a casa y hay gente. Estoy compartiendo el puto piso. Mis pesadillas se dividen en dos: comparto piso y Carlos me deja. Mi sueño es simple: quiero vivir con Carlos. Pero él tiene su trabajo de puta madre en Logroño, y yo tengo la vida que quería en Madrid. Cuidado con lo que deseas, ¿eh? Que se suele decir. 

La verdad es que me siento sola. No por vivir sola, ojo. Estoy encantada de vivir sola. Y tampoco me siento sola porque mantengo una relación a distancia. No, por favor. Tenemos todos los fines de semana del mundo para querernos. Me siento sola porque me engañaron dándome la bienvenida a un mundo al que no pertenecía y ahora siento la soledad del abandono y, sobre todo, la decepción. 

Todas las conversaciones derivan siempre al mismo tema últimamente. Los nuevos poetas. Los poetas que las grandes empresas quieren que representen a la poesía que se escribe ahora. No sé ni cómo llamarlo ni por dónde enfocar ya el tema, de verdad, porque me agoto. El otro día, un amigo me dijo con sorna: Adriana, tú lo que tienes es envidia. Y sé que me lo dijo de coña, claro, pero no pude evitar ofenderme.

La verdad es que desde que toda esta mierda empezó, no consigo escribir. Me exijo tanto que me bloqueo. No lo soporto. No quiero parecerme a ellos. 

También hay otra cosa. La noche del 1 de julio, decidí dejar de recitar en Madrid. Recité unos días después en el Poesía o Barbarie porque ya estaba cerrado el cartel y no quería cancelarlo a última hora, pero ya está, se acabó. El 1 de julio se organizó un recital benéfico a favor de la igualdad (poetas por la igualdad: no por el feminismo, ojo), en el que fuera de cartel, abriendo el micro abierto, salió un poeta a contar su experiencia como maltratador. Durante su intervención, busqué la complicidad y el apoyo entre varios de mis conocidos. No la encontré. La gente aplaudió (más por inercia que por admiración, supongo), y la única que dijo algo, que condenó de alguna manera la intervención, y se fue del bar fui yo. No quiero tener nada que ver con un mundillo que calla y aplaude, y que, en algunos casos, incluso justifica. 




Amanecí el 1 de enero de 2016 sola, en un apartamento de la zona de Goya. Una de mis compañeras de piso de La Latina había decidido alquilar una de las habitaciones a través de Airbnb mientras pasaba las navidades fuera, y yo no estaba de acuerdo. Tuve la grandísima suerte de que la hermana de Carlos me dejó quedarme en su apartamento mientras ella pasaba las vacaciones con la familia. Sé que a mucha gente le parece la hostia lo del Airbnb y no me apetece debatir sobre ello. Yo no estaba de acuerdo con lo que se estaba convirtiendo la convivencia en esa casa, así que me fui a Goya y me puse a buscar otro lugar donde vivir. Como todo estaba en el aire y encontrar un lugar digno y asequible donde vivir en Madrid es una puta locura, pagué el mes de enero a las de La Latina. Tuve la suerte de encontrar algo habitable donde mudarme el día de Reyes. Las compañeras de La Latina no me devolvieron la fianza, y eso que les pagué el puto mes de enero, y aun así siguieron todo el mes reclamando que les pagara parte de los gastos comunes. Unos gastos comunes desorbitados que nunca he vuelto a pagar (¿150 € por cabeza por el agua, la luz e internet? ¿Dónde se ha visto eso?) viviendo sola.

Así que celebré los Reyes agotada de mover maletas desde La Latina hasta el Barrio de las Letras. No muy lejos, ya, pero complicado con unas maletas Alexander de bazar chino repletas de libros cuyo trolley se te parte a medio camino. (i_o, i_o, i_o: bingo). Me quedé tirada con las maletas en Tirso y decidí hacer algo doloroso. Dejé varios libros en un banco. Bye bye, my friends. Entre ellos, y aquí la serendipia amarga del día, Binarios (Sim, 2009), de Nacho Montoto. Me he acordado hoy y me ha dado una pena terrible. Hoy ha muerto Nacho Montoto, a los 37 años. No lo conocía personalmente, pero su(s) poemario(s)  Mi memoria es un tobogán/espacios insostenibles (Cangrejo pistolero, 2009) es uno de mis libros fetiche de poesía contemporánea, y me ha dolido de verdad su pérdida. He querido hacer un pequeño homenaje abriendo Binarios y compartiendo algún fragmento, pero al ir a buscarlo, me he dado cuenta de que lo dejé en un banco de Tirso hace un año, junto un puesto de flores. Espero que alguien lo tomara con aprecio.


12/02/2017


No me quiero mudar.

No me quiero ir de esta casa en la que vivo desde el pasado mes de marzo. Me gusta el barrio, me gusta vivir aquí. Las vigas de madera, el refugio abuhardillado. No me quiero ir.

Escribo esta reflexión después de haber pasado el día actualizando la página de Idealista. El propietario del primer piso tiene instalado su aparato de aire acondicionado frente a la ventana de mi habitación, a tres metros, y a veces, como anoche, hay inquilinos (es un piso destinado a Airbnb) que lo mantienen encendido. No puedo dormir. Me levanto con jaqueca y a veces con ansiedad. Voy a trabajar visiblemente afectada. Pero no está en mi mano cambiar esta situación. Está en manos de la comunidad de propietarios y de la administradora de la finca, pero no tengo claro que estén haciendo algo por ayudarme.
No me va a quedar más remedio que irme. Pero no quiero.

No recuerdo el 2014. Creo que en 2014 era mayor que ahora. Solía llevar botas altas e iba a trabajar con el mp3. No sé quién era yo en 2014. No reconozco a la gerente de La Plaquette. No sé cómo fui capaz de abrir una librería. No sé cómo fui capaz de permitir que se cerrara. Igual tengo poca capacidad de aguante. Igual ahora deba aguantar este ruido (hoy no suena, quién sabe si mañana habrá un inquilino que lo ponga a todas horas) y permanecer. Porque no me quiero ir de aquí.

No sé cuál era el propósito de hacer balance del año, la verdad. Ha sido un año tranquilo. Me mudé en enero y volví a mudarme en marzo. Aquí estoy bien. El piso en el que viví de entre enero y marzo del año pasado, lo compartía con otras tres chicas y el novio de una de ellas. Había unas cucarachas enormes. ¿Qué necesidad había de seguir en Madrid, compartiendo pisos de mierda, lidiando con cucarachas enormes?

Qué necesidad, joder. Llegar hasta aquí, ¿no? Llegar a la buhardilla, al trabajo agradable, a la tranquilidad, a qué. Sí, bueno, no me quiero mudar.

Ahora ya solo necesito dos cosas: que deje de sonar el aire acondicionado (al menos por las noches, por favor) y volver a escribir sin miedo. Volver a escribir.

Carlos me dice que soy valiente y no sé de qué me habla.


Son las 22:47 y acaban de poner el aire acondicionado. Es como una broma macabra, en serio.



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