miércoles, 31 de mayo de 2017

Madrid se acaba




Madrid se acaba. Se acaba esta etapa de etapas. 

Tenía ganas de volver por aquí y hablar de mi vida, pero la verdad es que no sé por dónde empezar. Bueno, voy a empezar por un final: se acaba Madrid. 

Creo que ya he aprendido lo que necesitaba aprender, y que ya me había estancado aquí. Fue todo muy bonito cuando vine, en octubre de 2014. Todo brillaba. La ciudad parecía mucho más grande que ahora. Madrid era un lugar inabarcable y lleno de posibilidades. La gente era maravillosa. Todos parecían alegrarse de verte por aquí. Los meses en Casa Deliciosa fueron increíbles. Cualquiera hubiera podido creer que es posible vivir dentro de un vídeoclip. Y cualquiera hubiera podido creer que se podía vivir en la poesía, y que la amistad. Etc. La amistad, cualquiera hubiera podido creer que la amistad significa algo, es eterna e imperturbable, o lo que sea. 

Bah.

He aprendido mucho en estos dos años y pico. Vine para tres meses: lo que duraba mi contrato en La Central, y luego decidí que pertenecía a este lugar, y me las apañé para permanecer. Mi vida laboral cuenta unos diez trabajos diferentes en el 2015 (cajera en La Central, dependienta en Nostrum, camarera en Rodilla, reponedora en Primark y en Lefties, y diversos trabajos de modelo para diferentes agencias), y unos cuantos pisos compartidos, hasta que en diciembre de 2015 me cogieron en Tarín, y en marzo de 2016 encontré la buhardilla perfecta en Lavapiés. 

Vamos, que en el 2016 me aburrí como una condenada. Todos los años pares de mi vida han sido la hostia de tranquilos y estables. Siempre. Escribí poco o casi nada, y mi vida se ha estado limitando desde entonces a ir y volver de casa al trabajo, del trabajo a casa, de seguir trabajando en mis encargos de corrección, y, por supuesto, en Aloha

Pero por qué hablo tanto, por favor. Que estaba bien, joder, es lo que quiero decir. Que ya estaba: un contrato indefinido en un trabajo agradable, con un horario humano, con unos compañeros y unos jefes estupendos y un ambiente ideal. Y una puta buhardilla, queridos. Que vivo en una buhardilla, sola, en el centro de Madrid. Y trabajando, además, en mi propia editorial. Joder. Lo que siempre había querido. 

Pero no. 

Madrid no me hace feliz. Es el 2017 y no siento que nadie me quiera aquí. He ido perdiendo el contacto con los amigos que tenía. Ya no me incluyen en sus planes. Los pierdo. No hay amigos. Fin. Estoy sola en una ciudad de tres millones de habitantes. La verdad es que, dicho de paso, también es lo que buscaba cuando me vine de una ciudad pequeña. No ser nada para nadie. No conocer a nadie. 

Bah. Yo qué sé. 

Al final es todo así de triste. Perdón: quería decir que al final es todo así de simple. 
Persigo lo que me hace feliz. Lo que me hace feliz es el amor. Lo que me hace feliz es sentirme integrada y querida. Quien me hace feliz es Carlos y quiero estar con él.

Y no voy a decir que vuelvo a Logroño, ¿eh? Porque no lo siento como un regreso. Qué va. El Logroño del que me fui no tiene nada que ver con el Logroño al que me dirijo ahora. Del mismo modo que el Madrid al que llegué en 2014 no es el mismo Madrid que dejo ahora. El Madrid del 2014 era enorme y me sentía libre. El Madrid que dejo es una ciudad pequeña, pequeño centro de cemento donde la hospitalidad se ha convertido en desencanto.

El Logroño al que voy es una nueva vida que compartir con la persona a la que amo. Es una casa a la que llamar hogar, un nuevo trabajo entre libros, y con más tiempo: para mí, para la editorial, para escribir. 

El Logroño al que voy es un nuevo comienzo. Una nueva aventura a la que, esta vez, no me enfrentaré sola. 





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